lunes, 3 de enero de 2011

Julián y los Reyes Magos


Melchor, Gaspar y Baltasar se reunieron frente a los sacos llenos de todas las cartas recibidas. Desde principios de diciembre, se sentaban durante horas abriendo una tras otra, mirando quién había escrito la carta y si esa persona había sido buena durante todo el año. Si había sido buena, sus deseos podían cumplirse y los Tres Reyes Magos de Oriente le recompensaban con regalitos al lado de los zapatos. Sin embargo, si la persona había sido mala, tan sólo le dejaban carbón.
En ese momento, los Tres Reyes se encontraban en una situación comprometida como no la habían vivido en años. Llevaban dos horas delante de una carta, discutiendo.
-Yo no creo que Julián Pascual se merezca los regalos que pide–dijo Gaspar rascándose la barba. Se le notaba preocupado.
-Pero Gaspar, Julián Pascual es un buen hombre: cuida de su familia, trabaja como voluntario ayudando a los necesitados, baña y da de comer a todos los gatos de su urbanización…-respondió rápidamente Melchor dando una larga calada a su pipa. El humo ascendió hasta el techo mientras los tres se quedaban en silencio de nuevo. Melchor fumaba, Gaspar se tocaba la barba con preocupación y Baltasar, al no poder aguantar más la presión, se levantó para darle de comer a los camellos. Sus dos compañeros lo siguieron con la mirada, pensativos: todos sabían que Baltasar tendría la última palabra.
-¿Tú qué opinas, Baltasar? –preguntó finalmente Melchor entre calada y calada.
-Que Julián Pascual es un buen hombre en general. Si fuese otra persona, yo le llevaría regalos. Pero… por su culpa nos hemos quedado sin puente de diciembre nosotros y prácticamente toda España. Así que, si es por mí, que se quede con su carbón. ¡Ya quisiéramos nosotros cobrar lo que cobra él!


Este cuento lo escribí para un concurso navideño que hizo un periódico de mi Comunidad Autónoma. El concurso se llamaba "Cuentos Navideños" y no especificaba nada más que el tamaño que tenía que tener. Quise rebelarme por tan poca información e hice mi propia versión de un cuento navideño moderno, con la idea base de Yarko.
No gane, si os lo estáis preguntando XD No les debió hacer tanta gracia como a mi...

domingo, 2 de enero de 2011

Antena 3 Pone (comentario anuncio)

Nuevo anuncio que Antena 3 ha hecho… cargado de guiños.
Personalmente, y si habéis seguido este blog algunos días, sabréis que no me gusta en general hacer ningún tipo de comentario fuera de lo que es la literatura. Sin embargo, tendré que hacer otro pequeño paréntesis en la temática habitual para comentarlo.
Estudio ciencias de la información, y por lo general no me gusta la televisión que se hace en mi país (España) salvo contadas excepciones y programas. Pero considero que hay canales y canales, y que no todos lo hacen mal. Por ello,me ha hecho especial gracia este nuevo anuncio que ahora no dejan de poner en Antena 3.

Espero que lo disfrutéis. Comienza con un diálogo y acaba con una canción




-Es un experto en televisión que ha pensado en ideas revolucionarias para tu programa
-Jorge, ir de tío perfecto ya no vende: hay que perder el miedo al futuro. Para comenzar, tu vestuario
-¿Qué le pasa a mi vestuario?
-Mírame a mí. Hay que romper un poco. Ya sé lo que estás pensando: ya que vas a echar toda la carne en el asador, has de tener gente con la que estar a la altura. ¡Que entren las azafatas!
*Entran dos mujeres vestidas con muy poco cuero*
-Ah, pero espera. Hay más
-¿Más?
-¡Que entre el caballo! En los videos más descargados del youtube siempre hay un animal en celo. Y cuanto más grande el animal, mayor la descarga *risa histérica*
-¡Para para para para para! No. Esto no es tele. Esta no es mi tele
-La gente quiere que le sorprendas, Jorge


Ya que tú pones la tele
No debería la tele ponerte a ti
¿Quién te pone al día?
Te pone las pilas
¿Quién te pone a tono?
¿Quién te pone a mil?
Aquí cualquiera sale
Pero aquí no todo vale

Y es que Pone (Pone)
Pone (Pone)
Esta tele Pone (Esta tele Pone)

Pone los Informativos
En los que el amarillo no es más que un color
Entretenimiento que no humilla a nadie
Ruletas que giran hacia un ganador
Gente glamourosa  (Pone)
entre otras muchas cosas (Pone)

Y es que Pone (Pone)
Pone (Pone)
Antena 3 Pone (Antena 3 Pone)
Con lo que Pone (Pone)
Pone (Pone)
Antena 3 Pone (Antena 3 Pone)

Los últimos estrenos
Pelis que en el cine no pudiste ver
Series para todos
Héroes y romanos
Risas y misterios que hasta acaban bien
Gente glamourosa  (Pone)
entre otras muchas cosas (Pone)

Y es que Pone (Pone)
Pone (Pone)
Antena 3 Pone (Antena 3 Pone)
Con lo que Pone (Pone)
Pone (Pone)                                     

viernes, 31 de diciembre de 2010

Entrevista a Anoniman

Tuve la oportunidad de entrevistar a Anoniman, un hombre que deja desde hace tres años cada cierto tiempo un toquecillo de buen rollo en la Autopista Norte de Tenerife (Islas Canarias, España), con unos carteles gigantes que incitan al buen pensar y en general, hacen sonreír a todo aquel que en la cola kilométrica pasa por allí por las mañanas.
Su blog es: http://frasesanonimas.blogspot.com/   y allí podéis encontrar todos los carteles que ha ido colocando en todo este tiempo. Además, tiene un grupo de facebook por el que os invito a pasaros




La primera pregunta es necesaria… ¿se considera usted una persona positiva?
Soy una persona más positiva que negativa.

2.       ¿Por qué ha decidido no dar su nombre sino, como dice su blog, ser sólo un hombre anónimo?
Si no hay un nombre escrito, puede ser cualquiera. Esto hace que el mensaje se interiorice de una forma especial.

3.       ¿Sus conocidos más cercanos saben de su doble identidad? ¿Se lo dijo usted o lo descubrieron ellos?
No miento si me preguntan, aunque tampoco lo divulgo.

4.       En una entrevista que concedió a Antena 3, vimos un gato de ojos claros. ¿Es su compañero de aventuras?
Si, lo es. A veces viene a maullar conmigo mientras cambio el mensaje.

5.       ¿Cree que parte del encanto de Anóniman se basa en el saber que podría ser cualquiera? ¿Si se le pudiera poner a usted nombre y apellido perderían sus mensajes parte de su efecto?
Hay quién me conoce y me dice que ya no piensan en mí cuando lo leen, que es como si hablara la montaña o algo parecido.
Yo aún creo que el anonimato consigue hacer partícipe de la reflexión a todo el mundo. Nadie te quiere vender nada, sólo invitarte a una sonrisa o inspírate algo positivo que se hace tuyo.




6.       ¿De dónde saca las ideas para sus nuevas frases?  ¿Cambia su frase cada vez que se le ocurre una nueva o tiene que exprimir su cerebro?
Cada vez es distinto. A veces cuesta encontrar las ideas y otras veces salen solas. Algo que escucho, que me cuentan, que leo, que pienso….cada vez es única.

7.       ¿Tienen algún nexo en común todas las frases que coloca? ¿Cuál?
En general pienso en la anterior y la siguiente para escribir. Incluso hay series de frases que se continúan, como la de los besos.

8.       La frase que colocó el 22 de septiembre “Se atormenta una vecina” es una de mis preferidas. ¿En quién pensó para escribirla? ¿Suele pensar en alguien en especial en cada frase nueva?
Pues se la oí decir a alguien, busque en internet y vi que también había un grupo de música en Cataluña que se llamaba así. Me encantó y la lancé.

9.       Esta pregunta se la habrán hecho un millón de veces: ¿cómo empezó todo? ¿Ha sido su primer acto por y para la felicidad de la gente?
Pensé que esa ladera el lugar perfecto para lanzar mensajes que sirvieran para propagar el optimismo. Así que lo hice. ¿Por qué no?

10.   Imaginemos que es un día lluvioso, pero hace ya tiempo que no escribe nada nuevo. ¿Saldría a cambiar su cartel, o es usted  un hombre que lo deja todo para mañana?
A veces uso un paraguas… ;)




11.   Centrémonos en su blog, http://frasesanonimas.blogspot.com/. Hace unos días les dedicó una entrada a sus seguidores, donde les decía que, aunque no conteste a los mensajes por falta de tiempo, los lee y se emociona con ellos.  ¿Piensa en todos los que le leen cada vez que escribe algo nuevo en la ladera?
Hay una enorme complicidad, es verdad. Pienso en la gente en general, me imagino a mi mismo como uno más y pienso en lo que me gustaría que escribieran.

12.   Podemos ver como tiene un blog, un grupo en facebook… ¿Cuándo decidió usted pasarse a las nuevas tecnologías?
Los mensajes los pongo desde hace tres años, y el rincón del facebook existe desde hace dos. Supongo que es una especie de enlace donde se hace evidente que se completa el círculo de comunicación del mensaje. Una idea se lanza… y otras ideas vuelven.

13.   ¿Ha notado un aumento considerable de gente que le conoce gracias al blog o el facebook?
Sin duda, la onda se expande y el facebook es un reflejo, aunque quien más lo vive es el que lo lee todo en persona desde su coche.

14.   Y para finalizar, me gustaría que me contara cómo ha cambiado la vida de Anóniman desde que empezó a colocar carteles en la autopista norte de Tenerife.
Mi vida no ha cambiado sustancialmente. Este proyecto es una pincelada de buen rollo que se comparte. En fin,  lo que yo pienso es: “si tienes una idea, materialízala”.


Os pido por favor que tratéis este tema con el máximo respeto posible: si alguien que lee esto conoce el nombre real de Anóniman, que no lo diga. Él prefiere seguir siendo anónimo pase lo que pase, y eso es algo que hay que tener presente.

¡Aprovecho para dedicaros un feliz año nuevo a todos!

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Margarita Florero




Hola.
Mi nombre es Margarita y soy un florero.
Me gusta despertarme cada mañana con la salida del sol y desperezarme bajo sus rayos. Vivo en una casa pequeñita,  y entre mi compañera y yo damos olor primaveral a la cocina.
Me siento muy solo. Si alguna florera quiere contactar conmigo, que llame al número que aparece en pantalla. Prometo tratarla como a una diosa y le regalaré sonrisas cada minuto de la vida que pasemos juntos.
Un beso, quiero conoceros
Margarita Florero





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He estado muy ocupada para publicar antes en el blog. Entre Navidades, exámenes, apuntes y tal, apenas he tenido tiempo de escribir algo que no sea para la universidad.
Estoy empezando una novela Steampunk ambientada en el relato "Jacqueline, da las gracias al vapor", y ese es otro motivo por el que no he escrito demasiados cuentos en este tiempo

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

Muy feliz navidad a todos. Que os lo paséis muy bien esta noche, comáis mucho (pero si llegar a los límites del vómito) y todo eso.

Muchas gracias por vuestro tiempo al pasaros por aquí.


jueves, 23 de diciembre de 2010

El hamster

Este es un cuento de mi hermana, que tiene apenas 12 años pero ya empieza a iniciarse en la escritura. La verdad es que me enorgullece ^^




Hace no mucho tiempo, en una casa bastante normal, vivían una madre y su hija Lucy. Lucy era hija única, por lo que se sentía muy sola. La única compañía que tenia era un hámster al que ella no hacia ni caso. Se lo había comprado su madre en un intento de hacer que se sintiese menos sola, pero ella no le prestaba atención. El pobre hámster se moría de hambre, hasta que, una vez a la semana (¡o menos!), Lucy sucumbía a los gritos de su madre y le daba de comer.
-¡Lucy, como no le des de comer al hámster te tiro por la ventana!-le gritaba la madre.
-¡Mama, ya te he dicho  que yo no quería a ese estúpido hámster!
Esta pelea se repetía por lo menos una vez al día. El hámster, que se sentía hambriento, olvidado y solo, estallo una mañana.
-¡Ya estoy harto! ¡Esa niña se va a enterar de quién soy yo! Ya verá, ya verá…
Al rato de dormirse, Lucy se despertó con ganas de ir al baño. Caminando por el oscuro pasillo, se sintió observada. ¿Había visto una sombra? ¿Había alguien más en el pasillo? La chica oyó como una puerta se abría, chirriando. Los sonidos le produjeron escalofríos. Grito y fue corriendo al cuarto de su madre. Pero el miedo la paralizo. Se oían pasos lleno hacia ella. Lo último que oyó antes de desmayarse fue:
-Ja, ja, ja. Jamas me prestaste atención. ¡Ahora sufrirás las consecuencias!
Nunca más se volvió a ver a Lucy.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Como una flor del árbol Sakura


                 Shinta se encontraba encendiendo el fuego de su campamento cuando aquella mujercita entró en el claro sangrando por el estómago y cayó al suelo inconsciente.
                Habían pasado tres días desde aquel momento, y el chico apenas se movía de su lado. La había recogido y metido en su tienda, lavado y curado sus heridas con agua que había recogido de un río cercano. También había vendado su estómago maltrecho sin conocer su nombre, igual que le había regalado un kimono porque el de la chica estaba ya demasiado roto, desgarrado y manchado de sangre.
                Su pelo era largo y negro, recogido en una gruesa coleta que a su vez estaba enrollada sobre si misma para no molestar. Su piel era blanca y pura, casi como la nieve, y aunque debería de rondar los 20 años apenas tenía las curvas propias de una mujer de su edad. A pesar de eso, poseía una belleza diferente y pura.
                Aunque la había contemplado muchísimo, no la había tocado lo más mínimo, igual que tampoco había recogido la katana que la acompañaba y que se había quedado en el claro. Esa no era la única arma que la acompañaba: dentro de su kimono Shinta había encontrado una wakizashi. Gracias a ello, el chico había podido afirmarse mentalmente que la chica a la que había sanado se trataba de una de las pocas mujeres samuráis de su tiempo, pues sólo los samuráis llevaban el wakizashi, la espada  corta, dentro del kimono como última defensa o para el suicidio si llegaba el momento en el que no había otra alternativa para morir con dignidad.



                Cuando lo había descubierto había sido demasiado tarde: ya la había atendido y ya había desgarrado su kimono a la altura del estómago para curar la herida. De todas formas, aquel kimono no tenía pinta de ser demasiado caro.
                La herida estaba demasiado arriba para tratarse de un seppuku, sino que parecía que estaba hecha con un arma ardiendo, probablemente una katana por su profundidad, y esa no era la manera del suicidio en busca de honra de los samuráis. Al estar quemada, aquel que la había hecho se había asegurado de que nunca más pudiera cerrarse por completo.
                Era una herida mortal donde las hubiera. Tarde o temprano aquella joven acabaría muriendo, y ni todos los años de estudio en la medicina de Shinta conseguirían salvarla, como mucho retrasar un poco el momento.
                Y, si no moría por algún milagro y conseguía recuperarse, lo más seguro es que se sintiera tan deshonrada por haber sido salvada y sanada sin su consentimiento, que acabaría cumpliendo con el rito del seppuku, el suicidio. También era muy probable que le asesinara a él antes de suicidarse ella, por haberle faltado al respeto.
                Lentamente para no irrumpir el silencio que llevaba reinando tres días en la tienda, Shinta fue en busca de más vendas para limpiarle de nuevo la herida. Cuando volvió, los ojos de la samurái se movían de un lado a otro bajo sus parpados cerrados.
                El joven se arrodillo a su lado y esperó con paciencia a que la muchacha acaba de despertarse, intentando contener la sorpresa de que hubiera tardado tan poco en volver a la consciencia.
                El Sol anduvo un rato por el cielo cuando ella, por fin, abrió los ojos. Tardó unos momentos en ubicarse, y cuando se dio cuenta de que estaba acostada en un lugar desconocido, su cuerpo se tensó y sus instintos se pusieron alerta.
                Shinta le tendió una jarra con agua, y fue sólo entonces cuando ella se dio cuenta de que había un chico arrodillado a su lado. Movió la mano derecha hacia su vientre con claras intenciones de buscar su wakizashi, y cuando no lo encontró y se dio cuenta que no era su kimono el que llevaba puesto, miró alrededor con pavor e ira.



                -Por favor, bella samurái; no os asustéis –le pidió el chico dejando a un lado la jarra y mostrando sus manos desnudas -. No tengo intenciones de perturbar vuestra  alma o vuestro honor. Tan solo os he recogido y sanado vuestras heridas, tal y como hubierais hecho vos por mi –concluyó con firmeza. La samurái acarició y examinó el vendaje ligeramente. Shinta descubrió que sus manos eran demasiado ásperas y grandes para lo que solían ser las de las mujeres de pueblo.
                -Vos… ¿sois el que me ha salvado? –preguntó ella con un tono de voz dulce y calmado. En aquel momento, Shinta apreció que sus ojos rasgados eran negros como el carbón. 
                -Un samurái no debe perecer sin motivo, y ningún alma debería iniciar el camino siendo tan joven –añadió él. La mujer miró con curiosidad a su salvador.
                Era un japonés que rondaría los treinta años, y a primera vista la chica supuso que sería un campesino. Ancho de espaldas y de rasgos duros y salvajes, parecía más un guerrero analfabeto que alguien capaz de vendar una herida con tanto cuidado como había demostrado.
                -¿Dónde está mi katana? –preguntó al darse cuenta de que no la llevaba consigo. Shinta señaló hacia fuera de la tienda con la cabeza y la mujer trató de incorporarse, cerrando la mandíbula con fuerza a causa del dolor.
                La primera reacción de cualquier médico al ver dicho acto casi de suicidio, sería de intentar impedirlo. Alargó la mano para detenerla, pero la chica se quedó quieta, mirándole con tanta fiereza y de una manera que no admitía réplica alguna. Shinta estaba a la mitad del movimiento para pararla cuando la mirada le recordó que la chica a  la que había salvado no era una persona cualquiera: era una samurái que iba en busca de su katana, aquello  que le daba el honor necesario para vivir. Sería mucho mejor para un samurái morir del dolor en ese momento a que alguien le impidiera ir en busca de su arma. 
                La dejó ir.
                La mujer se levantó y Shinta con ella. Anduvo unos cuantos pasos y estuvo a punto de caer al suelo un par de veces, pero se resistió al dolor que, supo Shinta, le estaba recorriendo todo el cuerpo y que empezaba en el estómago. Siguió caminando sin pararse.
                Salió de la tienda y se dirigió hacia los árboles en donde había caído. En el suelo, un fino rastro de sangre marcaba el camino que el hombre había tenido que recorrer con ella en brazos tres días antes, pero la mujer no se amedrentó lo más mínimo.



                Al fin, llegó a donde estaba su katana sobre la hierba, se arrodilló, e hizo una reverencia a su arma. Sabía, antes de hacerlo, que le iba a doler.
                Grito de dolor cuando lo hizo, pero no modificó ni un centímetro su postura, pues eso sería una de las mayores ofensas que podría llegar a hacer: demostrar que el dolor escapaba  a su control.
                Tras unos segundos, ella dejó de gritar y se levantó posteriormente, llevando su espada en la mano con el mimo propio de una madre cargando a su recién nacido. Pasó al lado de Shinta, que se encontraba a la entrada de la tienda sin apenas mirarle, y entró en la caseta. Y Shinta, al cabo de unos segundos, con ella.
                La samurái se había recostado de nuevo y se encargaba de eliminar los restos de vendaje manchado de rojo para poder examinar su herida. Cuando lo hizo, una mueca de tristeza apareció en su rostro. Miró a Shinta cuando éste entró.
                -Esto no va a curarse nunca, ¿verdad? –preguntó. Shinta guardó silencio -. Sé poco de medicina y de heridas graves, e incluso con mis pocos conocimientos, sé que un arma de fuego corrompe de tal manera el cuerpo que éste es incapaz de volver a la normalidad. Sólo necesito que me lo afirméis, pues mi señor está en peligro y debo ir tras él. Si voy a recuperarme, esperaré, porque en mi estado no seré de mucha ayuda, aunque si no voy a hacerlo, debo ir de inmediato, pues hasta la última gota de mi sangre y por tanto, de mi vida,  le pertenece –explicó aunque Shinta ya sabía que era eso lo que iba a pasar en cuanto se despertara-. Decidme, noble hombre… 
                -Decidme primero vuestro nombre, samurái, para así poder contestaros como es debido.
                -Mi nombre no tiene importancia –replicó ella mirándole. Shinta aguantó la mirada sin acobardarse lo más mínimo, aunque sabía que esa mujer, incluso en su estado, era mortal. A final, bajó la  vista, avergonzado.
                -Siento habéroslo pedido, pues mi curiosidad como médico es insaciable. Decidme, al menos, el nombre de vuestro señor para poder cantar alabanzas al samurái que lucho hasta su último aliento por la vida de su maestro.
                -El nombre de mi señor es Taira, y yo tan solo cumplo con la promesa que hice de guardar su vida hasta mi último pálpito. Y, por eso y porque mi señor está en peligro, debo irme. Contestad a mi pregunta de una vez.
                Shinta suspiró y miró al techo de la pequeña tienda con tristeza.
                -Vuestra herida es mortal: mientras tengáis una venda para frenar la hemorragia podréis alargar  vuestra vida un poco más, pero pronto comenzaréis a cruzar la línea que la separa la muerte –sentenció. La mujer no varió su expresión en mucho tiempo, y cuando lo hizo, fue para sonreír con pesar.
                -Si es así, amable hombre, traedme vuestro mejor kimono y agua para lavar mi cuerpo, pues quiero estar lo más bella posible para cuando la Muerte me alcance y así permanecer limpia y aseada el resto de la eternidad –pidió con amabilidad-. Además, mi señor debe verme como a una flor del árbol sakura cuando llegue hasta él.



                -¿Vais a ir aún así en su ayuda? –preguntó Shinta. Aquella mujer escapaba de su entendimiento, pues apenas parecía afectada por la noticia de que su inminente muerte y tan solo pensaba en su señor. Nunca había conocido a ningún samurái, y tal vez por esto no comprendía su punto de vista. 
                -Sin duda alguna. En cuanto me asee iré en su busca, tanto para salvarle si llego a tiempo como si tengo que vengar su muerte –contestó. Con la jarra de agua que Shinta le había traído, lavo su herida y la vendó con fuerza para frenar la sangre. El hombre, mientras tanto, sacó su kimono más bello y lo dejó a su alcance para que ella pudiera cogerlo. Luego, salió a por agua para la samurái.
                Cuando volvió, ella ya se encontraba de pie al lado de la tienda, atando la katana a su cintura y metiendo el wakizashi entre los pliegues del nuevo kimono que llevaba. Levantó la vista cuando le oyó venir e hizo una reverencia con la cabeza.
                -La herida os debe de estar doliendo muchísimo –comentó Shinta cuando llegó a su altura y dejó el cuenco con el agua en el suelo. Ella se arrodilló para lavar sus manos, su cara y ligeramente su torso.
                -Pero este dolor no es nada en comparación con el que sentiría mi alma si mi existencia dejara de ser útil –explicó. Cuando hubo acabado, utilizó el reflejo en el agua que quedaba para peinar su larga trenza de nuevo.
                -Que una llama de apague con la rapidez con la que estáis obligándola a hacerlo es monstruoso. Si descansáis, y con mis  cuidados, tal vez haya posibilidades de salvaros –dijo él. Cuando acabó de hablar, se dio cuenta de que casi había sonado como una súplica para que se quedara. Odiaba ver a la gente perecer cuando había alternativa. Aunque sabía que para esa herida no había otro final, quería creer que sí que lo había.
                -Mi cuerpo se salvaría, pero no mi alma, ni mi honor. Entendedlo: uní mi alma con el señor Taira cuando cumplí los 15 años, y desde entonces nuestros finales van de la mano. Si el alma del señor Taira debe cruzar el río hacia la muerte, la mía debe acompañarlo –dijo mientras se levantaba. Le miró a los ojos y luego se arrodillo para hacerle una reverencia con toda la formalidad con la que el dolor le permitió. Luego, se levantó de nuevo y miró la tienda de campaña con curiosidad -. ¿Puedo preguntaros algo?



                -Sólo si sois capaces después de darme vuestro nombre como samurái –contestó él. La chica suspiró y asintió.
                -Que así sea. Mi pregunta es… ¿qué hacéis aquí, tan solo y acampado en medio de un bosque?
                -Intento encontrar mi lugar en el mundo –explicó él. La miró con descaro -. Ahora contestadme vos a mí –exigió él. La chica le sonrió por última vez antes de comenzar a alejarse.
                -Contad la historia de Aka Kage, una de las pocas samurái mujeres de todo el país, y contad también como encaró a la muerte para salvar la vida de su señor –dijo sin darse la vuelta. Siguió andando -.  Esa historia merece ser recitada por todo Japón.

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Historia de hace por lo menos tres años. Adoro la filosofía samurai